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5 Puntos Clave para descubrir un Hotel con Depresión

Blog CESAE
03 de Noviembre de 2010

Hubo una vez un hotel que no tenía ganas de hablar, se encontraba triste y no era capaz de salir adelante. Los médicos le diagnosticaron depresión, y le recetaron una reforma a todas luces inviable por el coste del tratamiento.
El hotel no sabía qué hacer, pedir dinero prestado y endeudarse más de lo que estaba no era una opción que pudiera plantearse en esos momentos, se sentía perdido y decidió cerrar sus puertas para pensar, pero pensar, ¿en qué? Aparentemente era sencillo, la cuestión era ¿qué estaba fallando?
Tras mucho meditar, y después de hiperventilar durante varios días llegó a la conclusión que muchas veces gestionar no era un asunto de dinero sino de voluntad, y que los cambios en la estructura organizativa interna de su maltrecho estado, podrían venir de la mano de reformas novedosas que satisfajeran, tanto al cliente interno como al externo.
El problema era que no sabía cómo empezar, no hacía mucho tiempo el hotel respondía a la inercia de una gestión basada en el éxito derivado de un producto novedoso, bien situado comercialmente hablando y con una dirección joven muy ilusionada en el proyecto, todos sus órganos vitales funcionaban al 100 %, y no había atisbo de enfermedad.
En su desesperación, probó con un tipo de medicina alternativa, basada en técnicas de gestión milenarias pero que últimamente se estaban olvidando, al dar paso a políticas de reducción de costes que afectaban directamente a la producción de glóbulos blancos, cuyas consecuencias estaban ligadas a la aparición de una anemia galopante en muchos establecimientos de la zona.
Digamos, que le faltaba el carburante necesario para seguir con sus tareas diarias, necesitaba urgentemente un revitalizante que aumentara la capacidad de trabajo de sus glóbulos blancos, que había disminuido alarmantemente en los últimos meses, y cuya consecuencia más directa era una desgana que le llevaba a sufrir desmayos ante situaciones tan cotidianas como las quejas de un cliente o afrontar un check- in de grupo.
Decidió ponerse manos a la obra, y comenzó por Juan, la médula ósea del hotel, se dio cuenta que a pesar del gran esfuerzo que realizaba por mantener el barco a flote, necesitaba ayuda, el dirigía el hotel sin más apoyo que el de un consejo de administración que no miraba más allá de los rendimientos económicos del hotel, y le puso un apoyo, para ello le comunicó a Jorge, su intención de ascenderle a subdirector del hotel, dejaría sus funciones de jefe de recepción para ayudar a su compañero, su formación era excelente y nunca había tenido un fallo orgánico, no cabe duda que era un corazón muy fuerte.
El puesto de Jorge lo ocuparía Nadia, el páncreas debería encargarse de segregar insulina suficiente para que la recepción fuera el centro neurálgico del hotel. No podíamos permitirnos un hotel diabético, y el puesto de Nadia sería ocupado por una palabra nueva, motivación, porque aunque no era el momento de subir sueldos o contratar más personas, si era el momento de pedir a los trabajadores que cumplieran sus turnos de trabajo, ni más ni menos, de involucrarles en la gestión, para bien y para mal, de ofrecerles palabras amables cuyo contenido reconociera su labor diaria, en definitiva, de crear un ambiente de trabajo que no necesitara de jeringuillas, pinchazos y máquinas para medir el nivel de azúcar en sangre cada tres horas.
A medida que tomaba decisiones incrementaba sus niveles de adrenalina y se entusiasmaba con la idea de reunir las fuerzas necesarias para reabrir sus puertas por todo lo alto, aún le quedaba el asunto neuronal, pisos, en este caso, sabía que el hecho de tener externalizados los servicios podía perjudicar la idea fantástica de crear un “gran familia”, así que quizás podía ser una buena idea comenzar por estudiar la viabilidad de tener personal propio, con proyección de futuro y totalmente involucrados en el nuevo proyecto. Era obvio, que si aumentaba la productividad, también disminuiría su necesidad de segregar sustancias como la serotonina, inhibidores del sueño, el enfado, etc. y además evitaría el coste de los antidepresivos, vamos, que personal más motivado y mayor capacidad de trabajo igual a menos empleados contratados. Además, si las cosas fueran bien pronto podrían llegar otras compensaciones, como ¿una botella de vino en Navidad y una felicitación cargada de agradecimientos? Otra vez palabras, pero llenas de contenido, de esas que refuerzan la autoestima, algo así como si tomaras jalea real, pero de la buena, de la que trae la abuela del pueblo.
Por último, estaba el aparato músculo-esquelético, tenía que iniciar el movimiento en restauración, debía encontrar un buen maître que además ayudara a la dirección de Alimentación y Bebidas, alguien con ganas de trabajar que lo hiciera desde el cerebro y consiguiera poner en marcha a huesos duros de roer como el húmero y a otros más chiquititos como los metacarpianos pero igualmente importantes, y lo tenía, su jefe de camareros era un hombre muy capaz, no recordaba su nombre, y sabía que eso no podía pasar, debía conocer a la perfección a sus empleados para tener en cuenta sus necesidades, porque eran personas, y de eso iba a depender sus reformas, de dar un sitio a personas en su organización y no a máquinas, de hecho era consciente de que a los corazones artificiales aún les quedaba muchos años de investigación para obtener los resultados esperados por la ciencia.
Esa era la clave, personas … que pronto nos olvidamos de eso, personas …
El hotel reabrió sus puertas, y a día de hoy funciona, SIIIIII !!!!! ¿y sabéis gracias a quien funciona? a las personas.
Gracias a todos los que hacéis posible que alojarse en un hotel sea un lujo, y no por las estrellas del alojamiento, sino por vuestro trabajo y dedicación.

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